July 22, 2026
Software Development Outsourcing
La entrevista fue perfecta. El candidato no existía.
Durante más de veinte años en Cafeto hemos ayudado a empresas de Estados Unidos a construir equipos de tecnología en América Latina. En ese tiempo hemos visto cambiar la forma de contratar. Pasamos de las entrevistas presenciales a las videollamadas, aprendimos a evaluar talento a miles de kilómetros de distancia y comprobamos que los mejores equipos no necesariamente trabajan en la misma ciudad, ni siquiera en el mismo país.
La contratación remota dejó de ser una alternativa hace mucho tiempo. Hoy es una realidad para miles de empresas que buscan talento donde realmente está.
Sin embargo, hace unos meses vivimos una experiencia que nos hizo entender que el mayor cambio en la contratación remota no estaba relacionado con el trabajo híbrido, ni con la inteligencia artificial aplicada a la productividad, ni con las nuevas herramientas de colaboración.
El verdadero cambio era otro.
Y, sorprendentemente, comenzaba mucho antes del primer día de trabajo.
Todo empezó como empiezan muchos de los procesos de selección en Cafeto.
Uno de nuestros clientes más importantes en Estados Unidos necesitaba incorporar un desarrollador a su equipo. Era una posición estratégica y nuestro equipo de reclutamiento llevaba varias semanas revisando perfiles, realizando entrevistas y evaluando candidatos. Finalmente apareció una persona que parecía reunir exactamente lo que estábamos buscando.
Vivía en Pereira, tenía la experiencia adecuada, se comunicaba con seguridad y desde la primera entrevista transmitía confianza. La evaluación técnica confirmó que tenía el conocimiento necesario para el cargo y durante todo el proceso mantuvo la cámara encendida. No hubo comportamientos extraños, respuestas forzadas ni inconsistencias evidentes que nos hicieran dudar.
Como hacemos siempre, validamos su identidad, revisamos su documentación, verificamos antecedentes y confirmamos toda la información necesaria antes de presentarlo al cliente. Todo estaba en orden.
– El cliente realizó sus propias entrevistas.
-También quedó satisfecho.
-Decidió contratarlo.
-Le enviamos la oferta.
-La aceptó.
-Firmó el contrato.
Solo quedaban dos pasos antes de comenzar: nuestro onboarding interno y el envío del computador con el que trabajaría desde Colombia.
Hasta ese momento, cualquiera habría dicho que era un proceso de contratación exitoso.
Nosotros también.
La primera señal apareció durante el onboarding.
El candidato se conectó puntualmente, encendió la cámara y escribió por el chat que acababa de salir de una cirugía de garganta. Nos explicó que no podía hablar y que prefería comunicarse por escrito. La explicación parecía completamente razonable. Después de todo, cualquier persona puede atravesar una situación médica inesperada. Terminamos la reunión utilizando el chat y continuamos con el proceso sin darle mayor importancia.
Ese mismo viernes despachamos el computador.
Horas después recibimos una llamada de la empresa transportadora.
Nos informaron que en la dirección registrada no vivía nadie con ese nombre.
Nuestra primera reacción fue pensar que se trataba de un error. Intentamos comunicarnos con el candidato por teléfono, pero nunca respondió. Minutos después escribió por WhatsApp diciendo que se había mudado y que ahora necesitábamos enviar el equipo a Medellín.
Fue la primera vez que sentimos que algo no terminaba de encajar.
No teníamos pruebas de que estuviera ocurriendo un fraude. Tampoco queríamos sacar conclusiones apresuradas. Sin embargo, sentimos la desconfianza suficiente como para detener el envío y programar una nueva reunión antes de seguir adelante.
Esa decisión terminó siendo determinante.
Cuando comenzó la reunión del lunes sentimos que algo había cambiado.
Esta vez el candidato habló.
Pero su voz sonaba extraña. Era metálica, casi robótica. Los movimientos de la boca no coincidían completamente con las palabras y, aunque la imagen era buena, había una sensación permanente de que algo no era natural.
Era difícil explicarlo. Simplemente no se veía igual.
Decidimos pedirle a la reclutadora que había liderado todo el proceso que se conectara a la reunión.
Observó la pantalla durante unos segundos y dijo algo que todavía recordamos con horror:
— No es la misma persona.
Ella había entrevistado al candidato durante varias horas. Recordaba perfectamente su cara, su manera de hablar e incluso un detalle que ninguno de los demás había notado: tenía tatuajes visibles en las manos.
La persona que estaba frente a nosotros ya no los tenía.
En ese instante entendimos lo que estaba ocurriendo.
No estábamos hablando con el candidato que habíamos entrevistado durante semanas.
Alguien estaba utilizando herramientas de inteligencia artificial para hacerse pasar por otra persona.
Cuando comprendió que lo habíamos descubierto, simplemente abandonó la llamada.
Nunca volvió a responder.
Durante varios días seguimos hablando de lo ocurrido.
No porque el fraude hubiera tenido éxito. Afortunadamente alcanzamos a detener el envío del computador y esa persona nunca obtuvo acceso a los sistemas de nuestro cliente.
Lo que realmente nos inquietaba era otra pregunta.
¿Qué habría pasado si esa llamada nunca hubiera
existido?
Probablemente el computador habría sido entregado.
Se habría iniciado el onboarding con nuestro cliente.
Probablemente habría recibido credenciales, acceso a repositorios de código, herramientas internas e información confidencial.
Todo utilizando una identidad completamente legítima.
Fue entonces cuando entendimos que ya no estábamos frente a un problema de reclutamiento.
Estábamos frente a un problema de seguridad.
Durante años diseñamos procesos para responder una pregunta muy sencilla: ¿es esta la mejor persona para el cargo?
Nunca pensamos que un día tendríamos que responder otra aún más básica.
¿Es realmente la persona con la que hemos hablado
durante todo el proceso?
Esa reflexión cobró aún más sentido unas semanas después.
Durante otra búsqueda entrevistamos a un candidato que aseguraba vivir en Bucaramanga. Desde el comienzo la conversación resultó extraña y hasta cómica. Tenía rasgos físicos que evidentemente no era de un Colombiano, llevaba una peluca y apenas podía pronunciar correctamente el nombre de la ciudad donde supuestamente residía. Además, era evidente que alguien fuera de cámara le susurraba las respuestas.
A diferencia del primer caso, este intento evidentemente era mucho menos sofisticado.
Sin embargo, confirmó algo importante.
No habíamos tenido mala suerte.
Estábamos viendo diferentes versiones del mismo problema.
A partir de ese momento decidimos investigar.
Hablamos con especialistas en ciberseguridad, compartimos experiencias con otras empresas y presentamos las denuncias correspondientes. Poco a poco comenzamos a entender que existen personas dispuestas a vender su identidad para participar en procesos de contratación. Son ellas quienes realizan las entrevistas, presentan los documentos, superan las validaciones y firman los contratos. Una vez termina el proceso, desaparecen. Quien finalmente intenta ingresar a la empresa es otra persona, muchas veces utilizando inteligencia artificial para modificar su rostro, alterar su voz o recibir asistencia en tiempo real durante una videollamada.
Lo más preocupante es que el objetivo de estas personas no siempre es conseguir un empleo. En muchos casos, lo que realmente buscan es obtener acceso a una organización. Un computador corporativo, credenciales de acceso, repositorios de código, herramientas internas o información confidencial pueden ser mucho más valiosos que un salario. Cuando lo entendimos, dejamos de ver este caso como un problema de reclutamiento y empezamos a verlo como un problema de seguridad.
Fue entonces cuando comprendimos que la
contratación remota había cambiado para siempre.
Durante años las empresas hemos invertido enormes esfuerzos en proteger nuestras redes, fortalecer los mecanismos de autenticación, implementar controles de acceso y desarrollar estrategias cada vez más sofisticadas de ciberseguridad. Sin embargo, muy pocas organizaciones se han detenido a pensar que una de las puertas de entrada más importantes sigue siendo el proceso de contratación.
Cuando una persona ingresa a una empresa de tecnología no solo firma un contrato. También recibe un computador, obtiene credenciales, accede a herramientas internas, conoce procesos y trabaja con información sensible de clientes. Dependiendo de su rol, puede convertirse rápidamente en uno de los usuarios con mayor nivel de confianza dentro de la organización. Por eso la contratación dejó de ser únicamente una responsabilidad del área de Talento Humano; hoy también es una responsabilidad compartida con quienes protegen la seguridad, la operación y la reputación de la empresa.
En Cafeto, esta experiencia nos llevó a revisar nuestro proceso de principio a fin. Incorporamos nuevas validaciones de identidad, fortalecimos las entrevistas, añadimos controles antes del onboarding y capacitamos a nuestros equipos para reconocer señales que, hace apenas un año, probablemente habrían pasado desapercibidas. No hicimos estos cambios porque nuestro proceso hubiera fallado. De hecho, funcionó exactamente como debía: detectó el intento antes de que afectara a nuestro cliente. Lo hicimos porque entendimos que los procesos que eran suficientes hace dos años ya no alcanzan para enfrentar los riesgos de hoy.
Y esa es, quizás, la reflexión más importante
Cuando decidimos compartir esta experiencia, varias personas nos preguntaron si no nos preocupaba reconocer públicamente que habíamos estado cerca de ser víctimas de un fraude. Nuestra respuesta fue exactamente la contraria. Lo que realmente nos preocuparía sería guardar silencio.
Durante años la industria ha hablado de transformación digital, trabajo remoto e inteligencia artificial como grandes oportunidades. Nosotros seguimos creyendo profundamente en ellas. Gracias a esa evolución hemos construido equipos extraordinarios y ayudado a muchas empresas a crecer. Pero toda tecnología poderosa trae consigo nuevos riesgos, y el peor momento para empezar a hablar de ellos es cuando ya hicieron daño.
No compartimos esta historia porque pensemos que el talento remoto sea menos confiable. Sería una conclusión completamente equivocada. Seguimos convencidos de que el talento está distribuido por todo el mundo y de que las mejores oportunidades aparecen cuando dejamos de limitar una búsqueda por la geografía. Lo que cambió no fue el talento; lo que cambió fue la sofisticación de quienes buscan aprovecharse de la confianza sobre la que siempre han funcionado los procesos de contratación.
No tenemos una fórmula perfecta, y seguramente veremos ataques mucho más sofisticados que los que vivimos nosotros. También tendremos que seguir adaptándonos. Esa es la nueva realidad. Lo que sí sabemos es que, después de esta experiencia, nunca volveremos a asumir que la persona que vemos en una videollamada es necesariamente quien dice ser.
Sospechamos que, más temprano que tarde, muchas otras empresas llegarán a la misma conclusión. Ojalá lo hagan porque decidieron revisar sus procesos y fortalecer sus controles, y no porque un día recibieron una llamada de la empresa transportadora diciendo que, en esa dirección, nunca vivió la persona que acababan de contratar.
Porque, al final, esta historia nunca fue sobre un candidato. Fue sobre la confianza. Y sobre la responsabilidad que tenemos, como industria, de protegerla en un momento en el que la inteligencia artificial ya no solo está transformando la forma en que trabajamos. También está transformando la forma en que decidimos en quién confiar.
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